Me han preguntado muchas veces porque no digo algo sobre Benedetti, este uruguayo universal, célebre y admirable, tan querido y llorado por sus fieles lectores. No me atreví hasta ahora a decir unas palabras sobre alguien cuya poesía escapó raudamente de mis manos hace ya algunos años, después de la tediosa degustación de aquella accesible resonancia expresiva tan marcada en la mayoría de sus versos propensos muchas veces a una retórica helicoidalmente escueta y al remate urgente y previsible. Poeta cuya voz pude recuperar y trasmutar más tarde con la lectura de su prosa lúcida y entrañable en obras como Montevideanos, La tregua, Gracias por el fuego, La muerte y otras sorpresas, entre otros.
No dejo de admirar lo vasto de su producción y su amplia variedad de registros que ya desde su nombre original, Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia pronosticaba quizá esta indiscutible tendencia masiva. Símbolo de la llamada “Generación crítica”, como designó Angel Rama a este grupo rico en su diversidad y en lo prolífico de su producción, que antes de la seducción, cultivó el discurso de la convicción y la revelación. Fue Benedetti una voz que tocó casi todos los géneros. Desde La víspera indeleble, su primer poemario publicado en 1945 y del cual se dice que no vendió ni un solo ejemplar, publicó luego más de ochenta títulos que fueron creciendo en número de ediciones, tiraje y traducciones tanto en poesía, novela, cuento, dramaturgia, ensayo y crítica. Su obra también toca el artículo periodístico y la canción. Unos cuarenta intérpretes de todas partes del mundo han cantado y cantan sus letras y canciones entre los que se encuentran artistas como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, Isabel Parra, Soledad Bravo, entre otros.
En relación a la poesía, Benedetti fue emergiendo como un poeta diurno y llano para las masas en épocas donde imperaba el laberinto subterráneo y el desorden en pos de las rupturas y posturas, y le debe mucho de su popularidad al contexto de las naderías tóxicas y los retorcimientos expresivos.
Su poesía es casi laxa, de sencillez sintáctica y de un modo expresivo y estilístico cercano al registro conversacional. Se percibe en ella una especie de obsesión por la diafanidad sonora, una poesía cercana a Antonio Machado, Alfonso Hernández y a Jacques Prévert . Y es su poesía el continuo encontrarse con ese modo de vocación comunicante, de lugares comunes; lírica reflexiva, conceptual y cardíaca a la vez, personal y coloquial, frugal y urbana; poesía de espacio privado y público, circunstancial, complaciente y hasta banal en sus tanteos puristas con lo cual y casi sin proponérselo, llegó a ganarse hasta el respeto de los más cándidos. Fue versátil, hiperbólico, romántico, evocador, intuitivo, anecdótico, realista, trovador, literal y con una sospechosa tendencia a una estética demagógica y todoterrena.
Quizás el éxito editorial y popular de su poesía se deba más a la marcada actitud de complicidad, al intento por no ser solo la voz de alguien, sino el portavoz de alguien, sobre todo si ese alguien puede parecerse a cualquier don nadie. Siempre buscó una actitud de identidad con el lector anónimo, pero al desarrollar un personal registro expresivo para interesarlo se halló de pronto cautivando a una especie de lector mediático, social e intelectualmente dudoso, masa que a fin de cuentas se hace las mismas preguntas o trata de explicarse los mismos misterios, y esta acción de seducción y de efectiva felación artística hace muchas veces que el lector no pueda más que sentirse atraído por algo que lo ayuda a encontrarse, a entenderse, a calibrarse mejor; haciendo a la vez del autor, no solo alguien comprometido sino alguien que compromete, aún cuando pueda arremeter sospechosamente. Lo cierto es que escribió mucho y en voz alta y, como dice César Hildebrandt, si la poesía es golpe vitamínico, vigilia que no se permite tregua, refranero del corazón, entonces Benedetti es palabra mayor. Y citando a Luis García Montero, que si la poesía consiste además en abrir ventanas para que entre aire limpio y en escribir para que no te olviden al pie de la letra, entonces Benedetti es, como dicen muchos, una cumbre de la literatura en español.
Considero que la poesía no es tal cual y solo por y en sí misma, sino aquella que va más allá de la experiencia existencial, del chapuceo epidérmico, de la mera ironía y del síndrome efectista y panfletario. Es lo queda después de abrirle las venas a la palabra, del escarceo, el desvelo y el naufragio. Y si la poesía es además agonía vital, sabiduría imprevisible, la columna que se levanta sobre las cenizas y el ardiente rescoldo de nuestro trago insalubre, entonces Benedetti no es ruptura, vanguardia ni el non plus ultra de la poesía como quieren signarlo algunos de sus más entusiastas lectores, quienes a fuerza de masa insisten además por hacerlo un clásico. Personalmente degusto mejor al Benedetti de la prosa fértil, de la crítica aguda, de los cuentos citadinos, de aquellos memorables “Montevideanos”, de aquella narrativa comunicante abierta al intelecto y a la entraña, que palpa realidades inefables y nos da así un revelador acercamiento a la otredad.
En estos tiempos postmodernos me es fácil percibir que su nombre perdurará más allá de su criticada militancia política de izquierda, de su desexilio natal de tendencia porteña, de lo copioso de su poética y de su leve reforma anímica, porque vivirá de seguro en la prosa no falluta de sus cuentos, ensayos y novelas; en esa poesía de complicidades propias que mejora más con la declamación y con el canto.
© Jorge Ampuero